Viajes raros (pero que molan): Luxemburgo

Un plano de Luxemburgo es casi un mapa del país. Luxemburgo tiene tan poca población que ni siquiera son bastantes para tener una liga de fútbol. Dice que van un español, un francés y un alemán a Luxemburgo, y para caber en el chiste uno de ellos tuvo que esperar en la frontera.

Sí, se pueden hacer muchos chistes sobre el tamaño de Luxemburgo, pero sería una muestra de ignorancia. Porque, con una superficie parecida a la de Tenerife, se diría que Luxemburgo es casi un país, aunque no tanto como eso. Sin embargo tiene ejército, su propia lengua, la renta per cápita más alta del mundo y muchos encantos que pocos conocen.

Su red de túneles de la Segunda Guerra Mundial parece el escondrijo perfecto para guardar la inmensa riqueza de que parecen disfrutar sus habitantes. Ferraris descapotables aparcados con las llaves puestas. Y lo llaman un país pequeño.

Lo bueno de Luxemburgo es que se puede visitar en un solo día, lo malo es que tardará mucho en olvidarse. Y para qué engañarnos, hacer turismo en Luxemburgo es caro. Simplemente porque no hay hoteles baratos, aunque a cambio se puede decir que casi todos son buenos. No verás muchos mochileros por los alrededores del castillo Vianden, uno de los edificios más bellos de la ciudad. Y menos aún por la Grand Rue o el Boulevard Royal, con unos escaparates en los que el lujo y el buen gusto se despliegan detrás de etiquetas con precios, digamos, deun país sin crisis.

Ciudad vertical, dividida en dos por un pequeño cañón fluvial llamado la Cortisse, Luxemburgo es algo así como dos montañas cuyo interior está completamente perforado por túneles que se utilizaron durante la Segunda Guerra Mundial, una red de ascensores, miradores y centros comerciales subterráneos que parecen querer compensar el pequeño tamaño de la ciudad. Y uniendo las alturas, una maraña de puentes que ofrecen la posibilidad de tener una nueva perspectiva del conjunto.

Pasear por las calles de esta ciudad da la impresión de que Europa siempre quiso ser así, un lugar rico y tranquilo, una señora culta y bien conservada que se hace una manicura a la semana y que viste impecablemente: los jardines parecen hechos con tiralíneas, los cientos de bancos y organismos públicos ocupan palacios dignos de Sissí, todo el mundo habla al menos tres idiomas y viste con menos de cuatro colores para no destacar. ¿Aburrido? Vale, pero también muy correcto.

Por si fuera poco, en cuanto se abandona la capital tenemos a nuestra disposición un rosario de pequeños pueblecitos con granjas perfectas, vacas de postal y bosques de cuento. Muchos moteros alemanes dedican sus fines de semana a recorrer estas carreteras con sus Harley Davidson para relajarse, aunque seguramente deberán hacer un recorrido circular si no quieren acabar en la vecina Bélgica.

Una tercera parte del medio millón de habitantes que tiene Luxemburgo es extranjera, y muchos de ellos son portugueses. Y naturalmente todos quieren quedarse para siempre en este país donde están los sueldos más altos de Europa y la cerveza y la gasolina más baratos. A nadie le extrañe, pues, que el lema nacional sea: “queremos seguir siendo como somos”.

Sibaritas del mundo, olvídense del lánguido romanticismo de Praga, el glamour de París o los evocadores escenarios literarios del sur de Alemania. Amantes de lo raro, sabed que Luxemburgo es esa pequeña locura que Europa se permitió un día y que afortunadamente ha permanecido intacta para que nosotros lo disfrutemos. Está todo aquí, concentrado, en esencia y metido en un envase exquisito. Como los mejores perfumes.

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