Compremos un billete de vuelta a la infancia y recordemos algunos de los juguetes que nuestras manitas nunca querían soltar. Esos juguetes que nos colmaban de felicidad y hacían que sonase por el pasillo o desde la ventana nuestro nombre a gritos, seguido del consabido "¡?a cenaaar!".  Juguetes de historia. Pero tranqui, si no has jugado a ninguno de estos entrañables juegos no te preocupes, porque los niños de ayer somos los adultos de hoy y la moda retro ha hecho que muchos de ellos vuelvan a estar disponibles. Si se pudiesen comprar también unos días más de niñez, ay?

Empezamos por uno de los más simples: el hula hop. Un aro de plástico. Punto. Pero hay que ver qué de posibilidades era capaz de encontrarle nuestro pequeño cerebro. Cada sesión de "baila con el hula hop" debía servir para quemar las calorías de la rebanada de pan con nocilla aunque a nosotros lo que nos importaba era batir nuestro propio récord de tiempo girándolo con la cintura o haciéndolo rodar. No lo sabíamos, pero tal vez teníamos en las manos al tatarabuelo de la WiiFit.

Los Juegos Reunidos Geyper (disponibles en surtidos de 10 a 50 juegos) eran algo así como la Google Play Store de la época. Para los más jóvenes: se trataba de cajas amarillas que, como su nombre indicaba. Reunían lotes de juegos de tablero y similares que iban desde el parchís hasta la ruleta, pasando por una varita mágica extensible, damas y ajedrez, backgammon? El librito de instrucciones incluido en las cajas contenía las instrucciones para los 50 juegos, lo que resultaba un tanto cruel para los que compraban una de las versiones "menores".

Uno de los juguetes más soñados por cualquier niño de aquellos años (léase la década de los 80) era, sin duda, el barco pirata de Playmobil. Visto hoy día, puede parecer pequeño, pero en la escala de alguien de un metro de estatura era? inmenso. Era precioso. Era completísimo. Era la materialización en plástico chino de algo cercano al juguete perfecto: maqueta más muñecos, más barco -¡que flotaba!-, más juego de construcción? porque algunas de sus piezas tenían tendencia a desprenderse y esconderse debajo del sofá. Lo tenía todo. No sabemos si llegó a venderse en Suecia, pero el logotipo de The Pirate Bay siempre me ha recordado al barco pirata de Playmobil. Y viceversa.

Una de las cosas buenas de tener hermanos mayores es la posibilidad de compartir sus juguetes ?a veces a la fuerza-. Y si esos hermanos eran bastanet más mayores, esos juguetes a veces eran cosas tan excitantes como? un radiocaset! Y entre la caótica colección de "cintas de música" solía haber alguna de las recopilaciones anuales como "Max Mix" o "Boom" que indefectiblemente venían con la pegatina "anunciado en TV" adherida a la portada. Tener los singles del año en una sola recopilación nos hacía sentir como un pequeño Dj. A buen seguro, si alguien nos hubiese hablado de inventos como el mp3 o Spotify y de millones de canciones al alcance de cualquiera, nos habríamos quedado boquiabiertos.

Los coches dirigidos (a cuyo lado los "radiocontrol" sin cables eran casi de ciencia ficción) eran otro de los regalazos habituales de Reyes y cumpleaños. Parecía mentira que un motor tan pequeño y poco potente tuviese que emitir un zumbido tan fuerte para funcionar. Nos consolábamos pensando que era "electrónico", lo que le otorgaba cierto prestigio tecnológico y justificaba el continuo gasto en pilas, que nunca duraban más de una tarde de lluvia. Ahora el Google Car o el coche de Apple parecen a la vuelta de la esquina y lejos de asombrarnos, empezamos a verles los defectos incluso antes de saber cómo son. Está claro que la imaginación de un niño es más benévola que las exigencias de un adulto 2.0.