La inmediatez de la información gracias a redes sociales e Internet es sorprendente, y muchas veces ante los estímulos que nos llegan a través de los canales de promoción y publicidad nos puede el deseo de comprar... inmediatamente. A menos que tengamos la imperiosa necesidad de tomar una necesidad en unos segundos, como mientras conducimos o en una operación a corazón abierto, no hay muchas razones racionales que justifiquen la compra por impulso.

Tampoco vale el ejemplo del corredor de bolsa, hablamos de economía algo más particular, familiar, doméstica. Siempre decimos lo mismo, no nos privamos de comprar lo que queremos o necesitamos, sino que apostamos por comprar de forma inteligente, sin despilfarrar. Son dos conceptos diferentes y lo que es mejor, el segundo nos hace más felices.

Me gusta lo que veo, me lo voy a pensar

Una vez alguien me comentó que no era capaz de decirle a un vendedor que se lo iba a pensar antes de comprar, que le intimidaba pensar que el vendedor pudiese manifestar enfado o incomodo por haberle hecho perder el tiempo: nada de eso, nosotros somos los clientes, los que tenemos el dinero, y tenemos decisión total sobre donde y cuando gastárnoslo.

Ningún buen vendedor va a presionarte para comprar, y si lo hacen es casi obligatorio decir que no, pensárselo. Mucha prisa por vender indica que algo no huele del todo bien. Ten por seguro que tú eres el que debe llevar la batuta, y eres quien paga. Por eso es muy buena idea que, si lo que vamos a comprar no es de primera necesidad, nos demos un tiempo para sopesar la compra y comparar opciones. O simplemente para comprobar si después de 30 días, como dice la "regla", te sigue apeteciendo comprarlo.

30 días. Cuando veas algo por lo que sientas el impulso irresistible por comprarlo, déjalo en el expositor y márchate a casa. No olvides ese producto, mantenlo presente como algo que quieres comprar, pero date tiempo para ver alternativas, para informarte mejor... Llegado el final de ese periodo (30 días es un ejemplo, pueden ser tres, cuatro semanas) comprueba si el impulso sigue igual o bien si ya no te interesa tanto. Eso no te asegura que no te lo compres finalmente, pero al menos lo habrás pensado.

Puede pasar que te olvides de ello y te sorprendas al cabo de tres meses (o más) recordando ese producto. Esa será la prueba de lo poco que lo necesitabas y de cómo podría haberse convertido en una mala compra.

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