Woody Allen, ese hombre tan raro

Para algunos es genial, para otros un bufón neurótico con pretensiones existencialistas y una mente bastante oscura. Para algunos es una leyenda del cine, porque ha ganado cuatro Oscar de Hollywood, y para otros es un perdedor porque ha sido nominado sin éxito otras 16 veces. Para algunos es un conquistador que fascina con su labia y encanto, para otros es un taimado depredador sexual que se escuda en su frágil apariencia para atacar a la presa más vulnerable. Ha declarado repetidamente su amor por Nueva York, de donde nunca le gustaría salir, pero cuando hay una buena subvención por medio no le hace ascos a una escapadita por Europa. Es Woody Allen, ese ser tan raro que parece creado en un laboratorio.

No te preocupes si te gusta. La verdad es que hizo buenas películas. Algunas. Hace tiempo. Y ha conseguido que trabajen para él muchas estrellas de Hollywood, casi siempre por menos dinero de lo que marcaba su caché. Y es que la pasta siempre ha sido un tema importante para este peculiar hombrecillo nacido bajo el nombre de Allan Stewart Konigsberg y auto-rebautizado como Woody Allen en 1952. A día de hoy cuenta 80 años.

No creo que sea capaz de hacer algo popular”, declaró en 1985. Posiblemente su memoria selectiva no le dejaba recordar que su primera experiencia profesional fue como guionista del programa “La cámara oculta”. Y es que, según recordó en alguna entrevista, cuando era apenas un jovenzuelo de 20 años, alguien le recomendó que visitase al psiquiatra si quería encontrar un trabajo. “Oh, pero ya estoy haciendo ambas cosas, escribo gags de humor para humoristas”, respondió. Y tanto que lo hacía. A los veinte años había escrito miles de sketches y guiones para artistas tipo “El club de la Comedia” y aún había tenido tiempo para casarse con Harlene Rosen.

El bueno de Woody siempre ha sido raro para todo lo que rodea a su vida personal. Desde contratar a un profesor de la Universidad de Columbia para que le diese clases a domicilio hasta sacar los trapos sucios de su divorcio con Harlene Rosen noche tras noche en un espectáculo ¿humorístico? Tan cruel y subido de tono que le valió una demanda judicial. Woody y las mujeres han formado siempre una ecuación difícil. Su preferencia por las féminas vulnerables, preferiblemente de corta, muy corta edad, es legendaria. Dejemos para su psiquiatra y los juzgados su extraña relación con sus hijastras –una de ellas es su actual pareja– y centrémonos en su obra cinematográfica, no menos rara.

Annie Hall fue, sin duda, su gran éxito, el filme que le lanzó al Olimpo de los grandes. Rodada a finales de los años 70, narra la historia de un cómico neoyorquino y su jovencísima amante. No, no es un documental. Pocos recuerdan que el brillante guión no es obra de Woody solamente, y que Marshall Brickman fue coautor del mismo. Como curiosidad, el cantante Paul Simon actúa en esa película, aunque se puede decir que en general todos los participantes se desenvuelven con un estilo distendido cercano a la improvisación. Le seguirían títulos ya míticos como Manhattan, La Rosa púrpura de El Cairo, Balas sobre Broadway, Poderosa Afrodita, Todos dicen I love you, Match Point… y algún que otro encargo como Vicky, Cristina, Barcelona, Medianoche en París o A Roma con Amor, frutos de intereses más comerciales que artísticos. Porque al bueno de Woody siempre se le ha apreciado y pagado mejor en este lado del charco que en su propio país.

Finalmente, la compleja personalidad de nuestro cineasta más raro y apreciado le ha llevado a sentirse inseguro y a declararse mediocre en más de una ocasión. Asegura que sus películas comienzan con una idea brillante, genial que va perdiendo su brillo a medida que se concreta en el celuloide. Cuando el film ha sido rodad, montado y exhibido, él mismo se maravilla de que pueda gustar al público: A veces me gustaría decirles: “¡Ustedes no se dan cuenta de la maravillosa idea que yo tenía y cómo la estropeé! ¡Solo han visto el 50 por ciento, el 20 por ciento de mi idea!”.

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