¿Se han vuelto locos en Apple?

Corría el año 2011 y el señor Wong, alcalde de la tranquila y pequeña ciudad californiana de Cupertino, acompañaba a aquel excéntrico tipo llamado Steve Jobs en una visita por las nuevas instalaciones de la empresa Apple. Con un manojo de llaves en la mano, Jobs iba conduciendo a Wong por pasivos circulares, oficinas acristalada e instalaciones que aún hoy presentan un aspecto futurista. “Era como visitar un ovni que hubiese aterrizado en la tierra”, confesó el alcalde. Uno de los principales argumentos del proyecto era su respeto por el medio ambiente y su intención de integrarse – dentro de lo posible, claro-, en el entorno de Cupertino.

Con el tiempo, la realidad fue otra: los habitantes “de toda la vida” acabaron en su mayoría vendiendo a precios nunca soñados sus casas a los ingenieros que llegaban de todo el país para instalarse en quel “campus” y los más avispados hicieron caja reconvirtiendo sus negocios tradicionales en otros más adaptados a los gustos “hipster” de los nuevos vecinos. Naturalmente, no todo fueron malas consecuencias, y gracias a los impuestos municipales pagados por Apple, el pueblo disfruta de fantásticas escuelas y equipamientos urbanos.

Hoy día, el llamado Campus Infinite Loop 1 que sirve de cuartel general a Apple se ha quedado pequeño y las obras del campus 2 ya están en marcha. Un enorme, altísimo e infranqueable muro de color verde rodea a modo de muralla todo su perímetro. Medio en broma medio en serio, un periodista del New York Times lo comparaba con una fortaleza del siglo XIX o la zona verde de Bagdad y afirmaba que en caso de catástrofe zombi sería el mejor sitio para resguardarse. Los cerca de 10.000 trabajadores que albergará estarán prácticamente aislados del resto del mundo en esta especie de ciudadela. No hay nada que sugiera intención de formar parte del resto del pueblo.

El reciente anuncio de la comercialización del Apple Watch parece, ciertamente, la obra de una empresa o de un grupo de personas que viven en una especie de realidad paralela. Lo cierto es que pertenece a la familia de la manzanita nunca fue para cualquiera. Pero también es verdad que, aún cultivando una imagen premium, las i-cosas de Apple nunca llegaron a ser realmente prohibitivas. De lujo. En realidad, poseer algún dispositivo Apple no denotaba más que cierta buena salud económica, un gusto por el diseño y tal vez debilidad por los pequeños detalles. Y excepto excentricidades como carcasas de oro o personalizaciones sin sentido, cualquier dueño de un iPhone sabía que su teléfono era exactamente igual de bueno que el de muchas estrellas de Hollywood o el de Mark Zuckerberg, por poner un ejemplo.

Pero esta saludable y rentable filosofía se ha hecho añicos al anunciar un reloj cuyo precio podría alcanzar los 15.000 €. Lo que ha escandalizado a muchos no es su precio, sino que la única razón para justificarlo es que va a estar hecho con materiales de lujo cuyo único objetivo es la ostentación y no aportan mayor resistencia, mejor funcionamiento ni prestaciones más altas. Simple y llanamente, postureo. Y aunque para parece exagerado, ya alguien teme que la marca de Cupertino se convierta sin ambages en una marca de lujo, para ricos. De hecho, el criticado lanzamiento del iPhone 5C, catalogado como “para pobres”, ya hizo temer a algunos que su gama de productos empezase a quedar dividida en dos segmentos: para ricos y para “pobres”. Algo que ha aportado jugosos dividendos a muchas marcas de muchos sectores, pero que para algunos usuarios fieles a esta marca supone casi una tradición a sus principios.

Por supuesto, en el mundo actual es lógico y quizás hasta aconsejable que una empresa se suba al carro del lujo si puede permitírselo. Pero en el sector de la telefonía móvil, la percepción que los usuarios tienen que un producto va más allá del diseño. La imagen que el portador de un iPhone proyecta, era, al menos hasta ahora, la de alguien que sabe lo que quiere y que disfruta teniendo la tecnología a su servicio. Y cuesta creer que a partir de ahora en Cupertino prefieran cambiar este tipo de cliente/embajador por jeques árabes, millonarios chinos o empresarios rusos. Dicho sea con todos los respetos. Y es que tal vez, ni siquiera la mayoría de los afortunados y “enclaustrados” trabajadores de Apple podrán permitirse el dichoso reloj.

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